Miserable la vida del gato Josue….


"No hay nada mejor que no hacer nada", pensaba Rebeca en voz alta, mientras veía como brillaban los ojos, ¿De quién? Del gato Josue.......
Chema, no seas pesado, le decía su hermana, a este paso no acabare nunca.
Un montón de ropa arrugada se apilaba junta a ella.
Era ya tarde, mama aún trabajaba y ellos estaban cansados.
El gato Josue no paraba de miaguar, si, lo hacía cada vez más alto, alguien quizás le escucharía y se dignaría a llenarle su plato de comida.
Rebeca cuidaba de su hermano y mucho más cuando regresaban del colegio.
En alguna ocasión, mama llegaba tan tarde y cansada que se le olvidaba hacer la cena, o peor aún, pasar por el supermercado, si se podía.
Hoy tenían suerte, había leche y pan, así que cogió dos cuencos grandes, de también hermosos descorchones, y desmigo la barra de pan. Mucho más en el de su hermano chico, aunque solo se llevaban 3 años, y lo lleno hasta arriba de leche tibia.
Encontró un huevo y se lo mezclo con la leche, un gran cucharon de azúcar y a comer. ¡Que gran banquete!.
Antes Rebeca vació parte de su cena en el cuenco de Josue.
Después, se acurrucaron los tres en el colchón, se taparon con aquella manta vieja raída, muy juntitos, dándose calor, con sus cuerpecitos y en seguida se encontraban dormidos, soñando con ricos manjares y cómodas camas.
La vida no podía ser siempre así, era una mierda pensaba Rebeca, ya con su corta edad.

María José Luque Fernández.

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