Detrás del ring

Hacía varias horas los comercios habían echado su cierre, tan sólo el luminoso del Fifth Street Gym parecía resaltar entre tanta oscuridad. Estaba cerrado para el público, pero se podía hacer una excepción si lo requerían las circunstancias. En ocasiones el gimnasio, un negocio familiar, mantenía sus instalaciones abiertas más allá del horario habitual. Los duros entrenamientos de Cassius se alargaban siempre hasta la madrugada durante unas semanas previas a un combate.

La sala se encontraba oscura acompañada del sonido producido por los potentes golpes que le asestaba el boxeador al saco, conformaban el escenario en el que se encontraba el joven Clay. Trabajaba duro, luchaba por ser el mejor, soñaba con ser algo más que un pobre ciudadano nacido en los suburbios de Louisville. La vida no le había correspondido hasta el momento y por ello quería demostrar, costase lo que costase, la grandeza de su valentía. Recordando crueles momentos vividos comenzó a golpear cada vez más fuerte sin poder evitar que se le escapasen unas lágrimas. En ese instante, el pasillo pareció iluminarse y una voz ronca surgió de la nada:

̶ Chico, todo Miami anda durmiendo ya, ¿no crees que por hoy hemos terminado?
̶ Vaya, ¿qué hora es?
̶ Casi las dos... ̶ susurró el entrenador.

El muchacho, obedeciendo a sus palabras, tomó su bolsa de deporte y se dirigió a la salida del gimnasio despidiéndose con un sencillo "adiós, jefe".

Llegó a casa agotado. Esa tarde había sido de las más intensas pero aún así nunca le parecía suficiente. El boxeo formaba parte de él, lo era todo. Sentía devoción por el deporte y se dejaba la piel en cada combate. Celebraba cada una de sus victorias y había tenido el honor de ganar grandes títulos en las Olimpiadas del 60. Siempre cumplía con sus promesas personales y, por ello sentía la necesidad de ser portavoz, de predicar lo que tanta gente pensaba y nadie se atrevía a decir. Las circunstancias le habían obligado a ser rebelde, a pesar de tener buen corazón. Veintidós eran las primaveras que había aguantado a la población blanca mofándose de él y poniendo en duda sus capacidades. El hecho de que en pleno siglo XX le prohibieran entrar a tiendas por el color de su piel le enfurecía enormemente. ¿Dónde quedaban los valores? Había llegado de momento de hablar fuerte y reprochar las injusticias.

Se acercaba el momento más esperado por Cassius. Aquel 25 de febrero del 64 cumpliría su mayor sueño y haría callar a cientos de personas que no apostaban ni un sólo dólar por su victoria. Había merecido la pena pasarse hasta altas horas de la madrugada entrenando con Angelo, aprendiendo nuevas técnicas y preparándose para ganar el gran campeonato, la gran final. Dundee y los demás entrenadores le habían advertido desde el primer momento que quizás no fuera buena idea el enfrentarse a alguien tan grande como Sonny, el cual poseía el título de campeón mundial de los pesos pesados desde hacía un tiempo. A pesar de ser diez años menor, Clay se sentía lo sufientemente poderoso como para derrotarle ante todos los espectadores. Muchos le tachaban de arrogante, pero esa noche el mundo entero caería rendido a los pies del vencedor.

̶ ¿Estás seguro, muchacho?  ̶ preguntó Angelo mirándole a los ojos.
̶ Claro que estoy decidido, no digas tonterías. Machacaré a ese imbécil y demostraré a todo el mundo que el feo de Liston no merece el título ni un año más  ̶ exclamó el joven con una mueca burlona.

De forma paralela y al otro lado del Convention Center, la voz de Sonny Liston retumbaba en los pasillos contiguos al vestuario. Aquellos que bien le conocían sabían que era un tipo peligroso. Poseía un cuerpo musculoso que alcanzaba casi los dos metros, piel muy oscura y un rostro de facciones recias. Su estancia en la cárcel por múltiples robos y negocios ilegales con mafias le habían convertido en una figura aterradora, alguien con un semblante duro que hacía temblar a cualquiera.

Todos los asientos de la sala estaban ya ocupados. La pelea que se iba a disputar había liquidado en unos días las entradas, por lo que todo Miami Beach esperaba ansiando el desenlace. Ambos pasillos se encontraban colmados de paparazzis dispuestos a conseguir primeros planos de los contrincantes. Los megáfonos anunciaron el comienzo del combate y para entonces los boxeadores ya habían abandonado sus respectivos camerinos para ser recibidos por la aclamación del público y las potentes luces que desprendían las cámaras. Los murmullos fueron aumentando poco a poco y el cuadrilátero quedó presidido por los jóvenes rivales acompañados de sus representantes.

Momentos antes del inicio, el personal tomó nota del peso y la altura de los muchachos haciéndoselo saber al jurado. A continuación evaluaron la presión sanguínea y las pulsaciones, notando que en el caso de Cassius se encontraban peligrosamente elevadas. La tensión del combate había producido unos nervios que sabía disimular tras una sonrisa triunfante mientras articulaba insultos y amenazas a su adversario. A lo que éste respondía con frías miradas.

̶ ¡Eh, Liston! Acabaré contigo en el segundo round, recuérdalo. ¡No te esfuerces en intentarlo, oso feo!  ̶ dijo Clay agitando sus manos ̶  ¡Estás perdido!

Las carcajadas por parte de los allí presentes se extendían sin cesar hasta que un periodista voceó burlón:


̶ Disculpe, joven. Dice usted muy convencido que vencerá al actual campeón, ¿en qué se basa para confirmarlo?

̶ ¡Ya me darán la razón!Y tú, grandullón ̶ gritó dirigiéndose una vez más a Sonny Liston ̶ , no te confíes.


Los entrenadores abandonaron el ring para dar comienzo a la gran final. En una esquina del cuadrilátero, Clay parecía activar su cuerpo con saltos y movimientos ágiles. Gesticulaba continuamente mientras alzaba las guantes al aire y se dirigía al público reclamando su atención. Mientras, en la otra esquina se encontraba Liston que, aunque intentaba no darle importancia, la actitud de su contrario le creaba cierta desconfianza y no podía evitar el sentirse algo inquieto momentos antes de sonar la campana.


̶ ¡Aniquila al novato, muchacho! ̶ gritó un anciano, conmovido ante su ídolo.

̶ ¡Demuéstrale quién eres!

El árbitro encargado de presentar a los luchadores, se posicionó en el centro y exclamó:


̶ A la derecha, con calzón y botas blancos, el joven Cassius Clay, con uno noventa de altura y doscientas treinta y cinco libras. A la izquierda, con calzon blanco y botas negras, el veterano Sonny Liston, uno ochenta y cinco y pesando doscientas dieciocho libras. ¡Que empiece el combate!

Ambos boxeadores comenzaron a desplazarse en movimientos circulares mientras se iban aproximando para atacar. El primero en romper el hielo fue Liston. Sin pensarlo lanzó su puño directo a Clay que supo esquivar a tiempo. Los rápidos movimientos que caracterizaban su forma de combatir le permitieron sortear cada uno de los golpes que su contricante le propinaba. Durante el primer round, Cassius no peleó. Se mantuvo ágil, ligero como una pluma. A punto de tocar la campana, el cuerpo de Sonny parecía cansado. Había empleado toda su fuerza intentando desde el principio herir a Clay, pero increíblemente conseguía escapar sin que los guantes le rozaran apenas.

Volviendo al centro tras haber hecho un pequeño descanso en sus respectivas esquinas, la tensión se podía mascar entre los asistentes al torneo. Los seguidores de Liston parecían absortos ante el panorama que se presentaba, no reconocían el comportamiento del boxeador. En combates anteriores había sido capaz de noquear a su contrario en el primer round. Sin embargo, Cassius, había sabido marearle desde el mismo momento en que la campana anunció el comienzo. Los más fanáticos temían perder los cientos de dólares que habían apostado esa noche por él.

La lucha continuó reñida durante una buena parte del asalto. Ambos lucharon lanzando golpes estratégicos, los llamados jab, directos al rostro del contrincante. Eran impactos peligrosos, podían ocasionar graves fracturas pero, sobre todo, lo que pretendían era desestabilizar al boxeador y que éste tuviera que abandonar.

A partir del tercer asalto, Cassius cambió su forma de combate, comenzó a golpear combinando los dos puños en la zona abdominal. Esto hacía que Liston, sin poderlo evitar, tuviera que bajar la guardia para protegerse usando sus propios antebrazos como escudo. De repente, Clay le bloqueó en una de las esquinas donde fue machacado. El tintineo de la campana le sacó de sus negativos pensamientos. Al instante, cada uno de los púgiles se reunió con sus entrenadores.


̶ ¡Eh, chico!¿Se puede saber qué te está pasando? ̶ le gritaba uno de representantes a Sonny mientras le ponía bolsas de hielo en los cortes ̶ . Ese niñato está acabando contigo. Quiero ver cómo defiendes tu título en este mismo asalto.

Tras haberle dedicado unas duras palabras, el acompañante de Liston dejó el cuadrilátero de malas maneras. No daba crédito a lo que estaba viendo esa noche. El público, sin embargo, seguía tan emocionado como al principio. Poco a poco comenzaron a ver cómo el joven Clay no era todo lo inexperto que aparentaba ser por la edad que tenía.

Sonny dejó el tercer round muy perjudicado. Un impacto en el pómulo le había producido un profundo corte que sangraba sin cesar. Al contemplar la situación, el jurado decidió adelantar el final del tiempo. Con el rostro hinchado y el corazón en un puño, articuló:



̶ Échame en la herida ̶ dijo señalando un recipiente.

̶ ¿Estás loco?Eso está prohibido, si te pillan será el fin de tu carrera.

̶ He dicho que me cures. Llevo todas las de perder ̶ contestó Liston entre dientes.

Obedeciendo las órdenes del boxeador, el muchacho limpió la zona y, seguidamente, espolvoreó la sustancia. Al instante su gesto cambió, apretó los puños y maldijo en voz alta. Parecía que le abrasaba, y su semblante se contrajo mostrando una mueca de dolor. Como por arte de magia, poco a poco, la disolución fue desapareciendo.

Segundos antes de sonar el timbre, Sonny, aún sabiendo que iba contra las normas, impregnó sus guantes con el producto y se dirigió cual bestia al centro del cuadrilátero.

̶ Tu juego ha acabado ̶ le advirtió sacudiendo el puño.

El veterano comenzó fuerte golpeando duramente el cuerpo de Cassius. Consiguió arrinconarlo y ,una vez allí, de forma insistente le asestó numerosos golpes en los costados y en la cara. De repente, la visión del joven Clay se tornó nublada lo que le hizo perder el equilibrio en varias ocasiones. No entendía qué estaba ocurriendo. Lanzaba sus puños a ciegas pero fallidos en la mayoría de los intentos. Sus ojos, con el fin de expulsar la sustancia que tanto le estaba dañando, se llenaron de lágrimas entorpeciendo aún más sus movimientos. Acabado el cuarto asalto, Dundee se encargó de lavarle los ojos enérgicamente mientras tenía una reflexiva conversación con el luchador.


̶ ¡Maldita sea, ha hecho trampas!

̶ ¡Diablos, Angelo!

̶ Chaval, no puedes tirar la toalla ahora. Mírame  ̶ le ordenó empujando su barbilla hacia arriba ̶ . Levántate y acaba con él. Por lo que más quieras, hazlo.

Como si le hubieran inyectado una buena dosis de adrenalina, el joven ocupó el ring dirigiéndose al público con un poderoso grito de guerra. El round número seis fue decisivo en el gran combate que se estaba disputando esa noche. El entusiasmo de todos los asistentes llenó a Cassius que vitalidad que luchó como nunca lo había hecho. Combinando cada una de las técnicas que había aprendido durante las duras jornandas en el Fifth Street Gym, logró acabar con las escasas fuerzas que mantenían a Liston en pie. Empujando a su rival contra las cuerdas del ring, propinó seguidos golpes al monstruo ante el que se encontraba.

Antes de comenzar el séptimo tiempo, un gesto por parte de Liston marcó un hecho inolvidable para la historia del boxeo. La primera persona en darse cuenta fue Clay que desde la esquina contraria le controlaba en todo momento.

Hastiado de tanto golpe decidió que había llegado la hora. Por mucho que le doliera, debía admitir que el título de campeón de los pesos pesados se lo habían arrebatado aquella noche. Negándose rotundamente a continuar, arrojó con repugnancia su protector bucal y se declaró perdedor del combate. En ese mismo instante, Cassius se levantó con ímpetu del asiento que ocupaba y comenzó a correr por todo el cuadrilátero voceando.


̶ ¡Soy el rey del mundo!¡Lo dije y no me creíais!¡Comeos vuestras palabras!

Entre vítores, el joven fue arropado por todo el público que contemplaba asombrado al campeón. Los entrenadores, orgullosos por el sujeto que habían creado, abrazaron al muchacho felicitándole una y otra vez por el combate tan maravilloso que habían presenciado.

Aquel veinticinco de febrero marcó un antes y un después en la vida profesional del triunfador; significó un giro de ciento ochenta grados.

Todo Miami quedó asombrado ante tal resultado, los kioskos de la ciudad cubrieron sus escaparates con todo tipo de publicidad anunciando el nuevo campeón y, a partir de entonces, dueño del título de los pesos pesados.

No sólo la gran victoria tuvo su espacio en los medios de comunicación, la noticia que Cassius Clay dio ante cientos de personas días después del combate también hizo mella en la vida del protagonista.

Acompañado por su gran amigo Malcolm X, declaró de forma oficial su conversión al Islam y con ello su nuevo nombre, Muhammad Alí. Quería romper de una vez por todas la tradición y abandonar su apellido de esclavo. Fue tildado de engreído por su decisión, pero aún así obvió los comentarios que trataban de hundirle y siguió adelante. Tenía numerosos sueños por cumplir, y no permitiría se los echara abajo. Cassius vio la Nación del Islam como una vía de escape, una forma de huir de la sociedad racista que todavía Estados Unidos conservaba.

Mientras se jugaba su propio título, retó a las grandes fuerzas negándose a asistir a la guerra de Vietnam acogiéndose a su nueva religión. Lo que se tradujo en años en prisión y miles de dólares en forma de multa. La población americana vio en él un ejemplo a seguir, un héroe capaz de revelarse y luchar por su persona alejado de los intereses políticos.


En su ciudad natal, Louisville, un anciano hombre mantenía la mirada fija en el televisor. Rodeado de trofeos, álbunes y periódicos que reconstruían triunfos que un día tuvieron lugar en los Estados Unidos. Victoria tras victoria, había sabido continuar sin rendirse. La crueldad del ser humano le había hecho más fuerte forjando su personalidad día a día.

Conmovido, tomó un viejo periódico algo arrugado por el paso de los años y leyó el titular en voz alta:

«Las drogas arrebatan la vida a un hombre que hace tiempo tuvo el honor de convertirse en campeón de los pesos pesados.» 
Se ha encontrado el cuerpo sin vida del exboxeador Charles Sonny Liston. El colectivo forense determina su muerte por un abundante consumo de sustancias tóxicas. El entierro acontecerá el próximo domingo en el Paradise Memorial Gardens de Las Vegas.

Clay observó sus manos, temblorosas, curtidas y cubiertas de cicatrices. Algo se había apoderado de él en los últimos años impidiendo poder continuar con su carrera profesional. El Parkinson arrebató la jovialidad del que fue un gran campeón convirtiéndolo en una persona limitada físicamente pero con un gran desarrollo espiritual.

Enjugándose unas lágrimas, articuló mirando hacia arriba:

̶ Los campeones no se hacen en gimnasios. Están hechos de algo inmaterial que está muy dentro de ellos. Es un sueño, un deseo, una visión.


                                                                                         Marta Morales Regacho

3 comentarios:

  1. Muy bueno, siempre me ha fascinado el personaje, gracias por pasarte por mi blog, te sigo, nos leemos.

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  2. Sublime!!! Hay esfuerzo investigativo, y sobre todo, un manejo de dialogos impresionante... parece como si uno estuviera alli, en primera fila.

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